El desierto de Atacama (Chile)

Desierto de Atacama. San Pedro de Atacama y  Pucará de Quitor (Chile)(18, 19 de octubre de 2013)

Día de calor en San Pedro de Atacama, característico del desierto, con frío al atardecer. La mañana resulta esplendorosa. El pueblo de adobe y casas de planta baja va cobrando vida a lo largo de la calle Caracoles, su vía principal en la que se concentra la mayor oferta turística del pueblo con hostales, restaurantes, farmacias, ferreterías y bancos. A la plaza cuadrada, amplia y bien arbolada la rodean edificios con techumbre de paja, otros de estilo colonial, alguno porticado en parte y la hermosa y restaurada iglesia parroquial, también techada con paja, interior de una sola nave con la techumbre formada por un buen entramado de vigas de madera.

San Pedro de Atacama está ubicado al extremo de uno de los oasis del desierto de Atacama, extensos manchones verdes por debajo de los cuales corre el agua que llega de las cumbres andinas y que contienen cierto grado de salinidad. El pueblo, orientado hacia el turismo, abunda de restaurantes con buen gusto e interiores con encanto; en cualquiera de ellos se pueden disfrutar almuerzos o cenas en un ambiente agradable, aunque yo me quede con el restaurante La Estaka, con k, por la buena preparación de los platos tradicionales con toques de alta cocina y una presentación cuidada y estudiada. Otro restaurante muy recomendable es el llamado Las Delicias de Carmen, fácil de localizar en una calle perpendicular a la de Caracoles y próximo a la plaza. Raciones abundantes y de calidad a un precio más que razonable. Interesantes platos a lo pobre, lomo, salmón, escalope o pollo acompañados de huevos fritos y patatas. Pero en San Pedro de Atacama hay para todos los gustos y me da la impresión de que pocos locales defraudan las expectativas culinarias de sus visitantes.

El día, no obstante, nos regaló su espectacularidad en dos momentos concretos: la visita al Valle de la Luna, el Valle de la Muerte o Valle de Marte en su denominación original y la Cordillera de la Sal, en el corazón del desierto, y el instante mágico de ver aparecer la Luna llena  sobre el volcán Licancabur (la montaña del pueblo), casi seguido a la puesta de sol que llena de colores cambiantes la cordillera andina durante unos diez minutos.

La puesta de sol, que concita la atención de cientos de personas en diferentes puntos del desierto, contemplada desde un mirador que da vista a la Cordillera de la Sal y en la que sobresale el voladizo de la Roca del Coyote, el tiempo parece detenerse o retrotraerse a sus orígenes. La vista no alcanza para ver ni el corazón para sentir.

Desde el pueblo, en un recorrido de tres kilómetros, se llega caminando a las ruinas de Pucará de Quitor. Los restos de la ciudad se desparraman sobre la ladera de un cerro y evocan la encarnizada resistencia ante los conquistadores españoles a los que apoyaban otra etnia aborigen y los incas, anteriormente dueños de estas tierras. La lucha terminó con la derrota de los atacameños, nombre que les dieron los incas y que adoptaron los españoles, aunque, en realidad, se trata del pueblo licanantay. Tras la derrota, veinticuatro dirigentes aborígenes fueron ejecutados cortándoles la cabeza. Por encima de Pucará, en otro cerro más elevado, se encuentra un monumento erigido en memoria de los atacameños ejecutados en el lugar que ocuparon las ruinas de una fortaleza incaica. Y en el camino de ascensión, sobre una placa de hierro, se puede leer un hermoso texto de Gabriela Mistral, poetisa chilena y premio Nobel, sobre el valor del servicio y la Naturaleza en una emocionante llamada a la concordia y la paz.

La vuelta desde las ruinas de Pucará, ya sin paradas ocasionales para hacer fotos, se hace en una hora, más o menos.

Por la noche, la sorpresa cultural de la semana nos la brinda la actuación en la plaza del pueblo de algunos grupos folclóricos chilenos con canciones, danzas autóctonas y de otros países hispanoamericanos como México o Perú. Colorido, frescura y belleza de melodías y danzas que evocan, al igual que los trajes, las raíces españolas de estas expresiones culturales.

Resulta difícil despedirse de Atacama. El desierto se extiende interminable cruzando lugares con nombres tan sugestivos como el denominado Llano de la Paciencia. La orografía desértica se pliega en los colores de la mañana dándole variedad al paisaje. A la derecha, vigilante, la cordillera andina con sus cumbres tachonadas de neveros no nos abandona en la larga longitud y la ancha extensión de un desierto que acoge tanta belleza en su singular dureza y el suave encanto de su vista. Atacama toca el corazón.

Julio González Alonso

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