Piedrasecha y Los Calderones (León)

Piedrasecha y Los Calderones (León)
Agosto de 2020

Es verano de buena mañana. Cielos azules y despejados en todo el horizonte leonés. La montaña en sus verdes y calizas son en el paisaje una muralla de picos alzados unos sobre otros. Son, para ser verano, esas mañanas frescas y cantarinas a orillas de los ríos y los arroyos que resisten con su caudal los rigores del estío.

Llegados a La Robla dejamos a un lado la localidad industrial con sus canteras, fábrica de cementos y la central térmica a la que le llegaba el carbón desde los pozos de Llombera y Santa Lucía. Digo que llegaba porque ahora que las minas se cerraron también se cerró este complejo industrial que permanece como un gigante mudo y erguido en el paisaje a los pies del Rabizo con su espectacular torre de refrigeración y el esqueleto metálico de toda su estructura.

De esta central conservo los recuerdos de otro verano en el que, siendo bastante joven y estudiante, lo pasé trabajando en su construcción. Como ayudante de un trabajador de casi mi edad, asturiano y simpático para más señas, cuando preguntaron al pequeño grupo que nos incorporábamos al trabajo quién se atrevía con las alturas, elegí subir con el asturiano, no sé si por el desafío de moverse por entre vigas colgadas en el vacío o por la simpatía natural del que iba a ser mi jefe. El caso es que –anécdotas aparte que ahora no tocan- allá me pasé el verano conociendo y aprendiendo de aquellas labores tan diferentes y alejadas del mundo del estudiante.

Siguiendo por la carretera de La Magdalena el paisaje nos acompaña con su continuidad de arbolado y vistas a la montaña que, llegados al desvío a mano derecha hacia Piedrasecha, se apelmaza y recrece a ambos lados de la estrecha y zigzagueante carretera con haciendas, prados, casas veraniegas y huertas de estas riberas feraces.

Piedrasecha es un pequeño enclave a la boca de una garganta que va estrechándose progresivamente hasta formar las formidables hoces de Los Calderones. El río Luengo o Arroyo de Piedrasecha corre a nuestra izquierda y a medida que ascendemos nos aproximaremos más a su cauce. Luego, poco antes de la cueva de la Virgen del Manadero, el río desaparece justamente en el lugar llamado Fuente del Manadero para hacer acto de presencia más arriba, tras el paso por las hoces. Nos encontramos con el paso abierto gracias, precisamente, al carácter estacional de la corriente del río que en verano corre en este tramo bajo tierra.

Saltando de piedra en piedra y admirando con sorpresa los enormes paredones que se alzan perpendiculares y que, de pronto, se retuercen en cerradas curvas en las que casi puedes tocar ambas caras con las manos, vamos avanzando por el lecho pedregoso e irregular del río con precaución y sin poder evitar la fascinación del lugar. Si estas hoces no resultan ser excesivamente largas, sí lo son de impresionante belleza.

La cueva de la Virgen del Manadero la encontramos a la entrada de esta garganta kárstica situada a mano derecha y a la que se accede a través de unas escaleras talladas en la roca y con barandillas de madera. La cueva, convertida en ermita, acoge una talla de la imagen de la Virgen en la oquedad más amplia. Está formada por una gran bóveda con aberturas naturales al cielo y sujeta por enormes pilares naturales formados por la misma roca en su proceso de erosión. Desde su altura se contempla la garganta del río y el lugar donde aflora el agua que corre subterránea llamado Fuente del Manadero.

A la salida de las hoces alguien se ha entretenido en amontonar piedras que otras personas han ido completando para dar al conjunto la forma de una ventana por la que mirar encuadrada la belleza de estas vistas en mitad del camino. A un lado y otro se suceden los canchales y las formaciones boscosas con el río a sus pies corriendo y saltando en pequeñas cascadas y formando refrescantes pozas de aguas muy limpias. Sorprende, en mitad de agosto, el caudal de estas aguas de montaña transparentes con su música cantarina y su frescor.

Pasando por trechos del sendero en sombra y siguiendo el curso del río convertido en arroyo, el paisaje se abre para dejarnos admirar lo que queda del despoblado de Santas Martas al que llegaremos después de atravesar el arroyo del mismo nombre. De este despoblado se dice que fue abandonado tras la muerte de todos sus habitantes que la leyenda atribuye al agua envenenada por una salamandra. Pero también pudo ser debido a haber consumido el pan amasado con harina que contenía cornezuelo de centeno. Fuera como fuese, las ruinas siguen allí, a la ladera de la montaña. Una construcción reciente, en piedra, aparece en una de sus esquinas, sin que sepa la función que desempeña. La pista que pasa al pie de Santas Martas, amplia y regular, sigue ascendiendo suavemente flanqueada por abundante vegetación, más arbolada a la orilla del río y con grandes escobas, piornos y serbales por todo alrededor y las pendientes de las montañas. Siguiendo esta pista alcanzaríamos el lugar de Los Barrios de Gordón. Pero no era nuestro objetivo y a unos quinientos metros dimos la vuelta para deshacer lo andado hasta Piedrasecha y su iglesia rústica de piedra, casa rural El Manadero con restaurante e interesante oferta gastronómica en la que puedes encontrar desde tablas de embutido, ensalada de la casa o pastel de bonito, a la típica y riquísima morcilla leonesa, picadillo, croquetas, cocido, alubias con almejas o la interesante y original sopa de trucha, tan bien apreciada en León y sus tierras. A la entrada te encuentras de frente con el Castillo de Piedrasecha, un confortable y atractivo hotel bien acondicionado y vestido con un mobiliario de maderas nobles.

Nada puede faltar ni falta en la montaña leonesa. Y visitarla es una invitación a quedarse por un buen espacio de tiempo y a volver para disfrutar de todos sus atractivos. Y en eso estamos y estaremos.

González Alonso
ENLACE A OTRAS FOTOGRAFÍAS DE ESTOS LUGARES: https://photos.app.goo.gl/f7gYZH6rSYL9dbUUA

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