Los pendones leoneses y Las Cantaderas en las fiestas de San Froilán

Los pendones leoneses
Los días mágicos de octubre por San Froilán

Los primeros días de octubre la ciudad de León se puebla de conmemoraciones históricas, leyendas, milagros y tradiciones al amparo de los paños de los pendones. La antigua capital del viejo reino leonés vuelca su imaginario popular por las calles y plazas, la catedral, los claustros y las iglesias hasta la mismísima basílica de la Virgen del Camino, pendiente arriba a través de Trobajo del Camino, a varios kilómetros de la capital.

Son estas fiestas como un río desbordado de la imaginación para contarnos, en la lengua milenaria y misteriosa de las historias de los filandones, las raíces de una identidad medieval que pregonan y pasean los pendones, desplegados con todos sus colores, en las más de cien varas de dimensiones que alcanzan, en muchos casos, los catorce metros de altura.

Las jornadas de esa semana festiva engarzan una historia fantástica en la página de cada día. La lectura de esa historia se extiende a todos los rincones del Reino de León y los vínculos con sus tierras.

Tal vez este río de desbordada imaginación tenga sus fuentes manaderas en las montañas que sostienen y encierran en sus cumbres el lugar de Valdorria, a cuyos pies se abre el profundo valle por el que corren las aguas del río Curueño. Este río, con nombre propio del joven astur perseguido por los legionarios romanos después de liberar a la hermosa Porma y huir con ella a las montañas donde ambos hallarían la muerte, corta con el frío de sus aguas la cordillera que acaricia, en muchas de sus cumbres, como el pico Polvorosa, los dos mil metros de altura.

Valdorria, desde su encrestada ubicación, ve correr las aguas del Curueño por el profundo y hermoso valle retorcido en su curso a través de las montañas horadadas. Pero, además, acoge una pequeña ermita sobre un picacho de difícil acceso a través de un estrecho sendero colgado de la pared montañosa. Sobre esa atalaya, un joven eremita llamado Froilán, construyó su refugio espiritual con la ayuda, primero, de un humilde asno, y luego, con la del lobo que –por hambre o por instinto- había dado muerte al burro y al que Froilán aleccionó de manera ejemplar poniéndolo al servicio de la causa del eremita para –se supone- alcanzar la salvación del perdón.

El joven Froilán, a la sazón de unos dieciocho años, visionario, y arrebatado encendidamente por la fe, pasó su tiempo en los riscos de Valdorria emborrachándose de cielo, aire y paisajes de agreste belleza. Luego, llegaría a la ciudad de León para hacerse obispo con la mediación de Alfonso III y dar carta de naturaleza a la leyenda de la Virgen del Camino con aquel pastorcillo que, lanzando con su honda una humilde piedra, vino a señalar el lugar donde la Virgen quería que se construyera su iglesia desde la cual cuidar, proteger y dar amparo a los peregrinos que se dirigían a Santiago de Compostela. Corría el año 900. Aquella piedra, sencilla y humilde, encerraba un poderoso mensaje; nadie la pudo despegar del suelo hasta que el obispo Froilán acudió al lugar y prometió la construcción de la iglesia que pagó a escote la devoción del pueblo, admirado con el milagro.

Pero los pendones leoneses no peregrinan solamente hasta el moderno templo o basílica de la patrona del Reino de León para celebrar el milagro; también lo hacen a través de las arterias principales de la ciudad, arrancando de la plaza abierta frente al Convento de San Marcos, primitivo Hospital de Peregrinos, hoy convertido en Parador Nacional tras haber pasado por diversos usos, cuartel, prisión para Quevedo o campo de concentración franquista al finalizar la guerra civil española de 1936. Este edificio plateresco con su primitiva iglesia de estilo gótico tardío y elementos renacentistas  al costado, nos despista con su nombre. En su fachada aparece la imagen de Santiago matamoros. Y aquí -como en casi todas las cosas de León- empieza la confusión de los nombres. Porque es aquí donde se inventó la famosa Orden de Santiago, fundada en Cáceres por 13 caballeros leoneses para la protección del Camino de Santiago, camino –a su vez- creado en el siglo octavo por Alfonso II el Casto y reformado en su itinerario por Fernando II para que los peregrinos pasasen por delante de San Isidoro de León. El Camino de Santiago se llevó adelante con las bendiciones papales y, amén de conducir a los creyentes peregrinos al lugar milagroso y de culto de Santiago, sirvió para vertebrar la fe y el culto de la Iglesia de Roma en todos los reinos cristianos, alejando la amenaza de un posible cisma del Reino de León que seguía el rito mozárabe, rito que se recuerda y celebra anualmente en la basílica de San Isidoro, otro de los bastiones de la historia leonesa que hace de León cuna del parlamentarismo europeo, así declarado por la Unesco, cuando en 1188 el rey Alfonso IX celebró Cortes con la participación directa de representantes de los tres estamentos, clero, nobleza y pueblo llano. Los Decreta son el testimonio escrito más antiguo que documenta este hecho histórico.

Aunque eso es otra historia; aún así, en los primeros días de octubre de las fiestas en León, lo pasado no se olvida. Y se cuenta, al amparo de los impresionantes pendones y el acompañamiento de bandas de gaitas, dulzainas y tamboriles, aquello del “tributo de las cien doncellas” y “las cantaderas”.

Los reyes leoneses y el pueblo tuvieron que sufrir largo tiempo la imposición de un tributo que los musulmanes les exigían; pagar anualmente con cien doncellas, cincuenta de origen noble y otras cincuenta del pueblo llano, el precio de la paz. Llegaba a la ciudad la representación de la corte musulmana con su Sotadera, la mujer encargada de vestir e instruir a las adolescentes cristianas en los usos y costumbres musulmanas. Las distintas parroquias de la ciudad hacían entrega pública del cupo que les correspondía y así, dolorosamente, se saldaba el pago año tras año.

Al parecer, cansadas las mujeres de semejante afrenta, reprobarán la conducta de los hombres y su rey que temían enfrentarse a los moros y protagonizaron una protesta amenazando con cortarse una mano si eran entregadas al rey musulmán; en el trato constaba que las muchachas tenían que estar sanas y enteras, y –a ser posible- que fueran guapas. Pero esta última condición no era problema ya que, en León, todas las mozas son guapas.

El caso es, en fin, que los hombres acabaron reaccionando ante aquella  situación empujados por el coraje de las mujeres y organizaron un ejército que se enfrentó a las tropas musulmanas en Clavijo, en cuya batalla hizo acto de presencia, cabalgando un impresionante caballo blanco, el mismísimo apóstol Santiago que inclinaría la victoria de parte de las tropas leonesas. El Pendón de Clavijo es, desde entonces, objeto de veneración y culto.

Agradecido por el favorable resultado de la batalla que permitió la liberación del tributo de las cien doncellas, entre otros beneficios, los miembros del Concejo leonés ofrecieron al Cabildo un cuarto del toro que corrieron en las fiestas celebradas para la ocasión y que más adelante, cuando no corrían toros, se tradujo en su valor equivalente en dinero contante y sonante.

El caso es que –al igual que ocurre en la celebración de Las Cabezadas con el problema del pago en cera a San Isidoro por un milagro tras una dura sequía- en Las Cantaderas se lían a discutir en el claustro de la catedral la Corporación Municipal y el Cabildo si lo entregado al Cabildo por parte de los munícipes es a título de foro o de oferta. Los representantes municipales defienden el pago libre y voluntario u oferta, y el Cabildo se mantendrá en sus trece de que el pago es tributo obligatorio o foro. Y así, año tras año, discusión tras discusión sin llegar nunca a un acuerdo definitivo, el Cabildo acepta como foro lo que los síndicos le entregan como oferta.

Mire usted, si alguien me dice que en algún lugar del mundo hay un pueblo o ciudad en que se dediquen los días de una semana a contar tantas cosas al amparo de pendones y desfile de carros engalanados tirados por vacas y otras bestias con celebraciones representadas de estas historias y romerías para vender las primeras avellanas, no me lo creo. Pero León, nombre de ciudad y nombre de reino, en la amalgama y la confusión de sus nombres y orígenes astures, vacceos, vetones y otros a los que se superpusieron los romanos y la influencia mozárabe, lo consigue un año tras otro. Como en el caso de Las Cantaderas o el de Las Cabezadas, nada se aclara; pero se repite una y otra vez porque, al fin, la historia misma está hecha del adobe del tiempo y la memoria de los nombres. Y ser leonés–no lo olvides- es eso, ser siempre historia ocultada, ignorada y mágica.

González Alonso
PARA VER MÁS IMÁGENES:  PENDONES, CARROS ENGALANADOS Y LAS CANTADERAS. FIESTAS DE SAN FROILÁN EN LEÓN

2 pensamientos en “Los pendones leoneses y Las Cantaderas en las fiestas de San Froilán

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