Paseo de febrero por Las Arenas (Vizcaya)

Paseo de febrero por Las Arenas (Vizcaya)
Las Arenas, febrero de 2022

el-gran-bilbao_fa203973_1254x836El sol tibio de febrero se deja sorprender, inocente, por algunas breves ráfagas de viento frío. El cielo luce azul. En la margen derecha de la ría se abre el paseo hacia el puente colgante, puente de Portugalete en las canciones, Puente de Vizcaya o Bizkaiko Zubia en su denominación oficial en euskera. Antes, una barcaza o bote de madera conocido como «el gasolino«, va y viene de una orilla a la otra con su ronquido traqueteante del motor trayendo y llevando a las gentes de domingo que buscan en un lado la animación del entorno de Portugalete en su parte antigua y pegada a la ría, con su plaza y kiosco de la música rodeado de plátanos recién podados, la fachada noble del Ayuntamiento y el remozado hotel; y en el otro lado, las gentes buscan el largo y amplio paseo que se abre en la desembocadura del río Nervión dibujando una extensa curva.

Las aguas reflejan un claro verdor y discurren blandamente apenas rizadas por los golpesgasolino-portugalete-getxo-bote-Portugalete-qué-ver-y-hacer de viento. Ría arriba media docena de canoas reman contra corriente; una trainera desciende pegada al muro del otro extremo. La gente, pasea; algunos, protegidos por las mascarillas que ya forman parte de atuendo diario en estos dos largos años de pandemia. La mayoría, sin embargo, ha decidido prescindir de ellas acogiéndose a las últimas disposiciones oficiales y ante la seguridad que ofrece la poca afluencia de paseantes a esta hora de la mañana. El sol de invierno pone una nota de tranquila alegría al ambiente. El muelle de Churruca se alarga y adentra en el mar señalando a la ría su ruta y separándola de la pequeña playa que flanquea, al otro extremo, el puerto deportivo.

En este punto, por sorpresa se produce una extraña confluencia de emociones. Un músicoplaya de las arenas callejero afina su guitarra con las notas de una canción de evocadora nostalgia; los perros corretean y juegan llenos de contento y ajenos a la música por la arena compacta y húmeda de la playa y, al mismo tiempo, redoblan con solemnidad las campanas de la torre de la iglesia próxima. La luz se viste de alegre entusiasmo y vida. Los rostros transeúntes parecen irradiar las ganas de vivir de una manera contagiosa. Y, paso a paso, se suceden las casas y mansiones que fueron dando forma a este paseo marítimo y que mira, desde la orilla conquistada al mar, hacia la amplia bahía cerrada por los espigones que cierran el puerto y la protegen de las embestidas de las galernas y las olas que baten la costa. Más adelante y antes de que el paseo gire noventa grados a la izquierda y enfile hacia el segundo puerto deportivo y la playa abierta al otro lado del espigón del faro, se dejará ver  otro pequeño trozo de arena en el recodo conocido como playa de la Bola, reliquia de lo que, en su día, debió de ser el extremo de todo un amplio arenal unido a la primera playa que dejamos atrás.

playa de la bolaVan y vienen las gentes, solitarias o acompañadas de otras gentes o de sus mascotas, perros de razas distintas que siguen a sus amos o tiran de ellos, felices y contentos. Algunas personas de distinta edad, pero más bien jóvenes, corren con buen ánimo y bien equipadas; por el carril de bicicletas circulan grupos familiares, amigos o solos. También se dan cita algunos patinadores deslizándose con suaves y armoniosos movimientos de balanceo.

palacete y monolitoEnfrente de la playa de la Bola se alza una soberbia mansión sobre la ladera del monte. El entorno se cubre de verde. Un monolito recuerda a las gentes de la mar, sobrio y monumental, de piedra de color marrón, vigila dominando la vista de todo el entorno del Abra donde entrega y rinde sus aguas el río Nervión convertido en ría.

En el pequeño parque del monolito varios bancos de madera se alinean bien dispuestos en la pequeña altura de esta atalaya dejando ver la magnífica y reposada amplitud del puerto.

De improviso, como respondiendo a una señal desconocida, el aire se alza con más fuerza y constancia. Los rayos del tibio sol de febrero apenas resisten el frío del viento. Es hora de volver. De nuevo en el paseo, entre las entrecortadas rachas de viento, llegan las notas que desgranan las teclas de un piano. Un joven, ajeno al tiempo, interpreta una melodía evocadora de una melancolía casi cinematográfica. Los transeúntes se convertirán en los protagonistas de esta escena tocados por la magia de la música y puede vivirse la sensación de formar parte de la película.

Luego, a resguardo de las sacudidas del viento por entre las calles de la ciudad pequeña o pueblo grande de Las Arenas, las terrazas de los bares bullen y los niños juegan, algunos perros se dejan tumbar plácidamente al sol junto a sus dueños sentados en los bancos viendo transcurrir la mañana. Hay cola en la panadería. El domingo despide sus horas de mediodía con nuevo toque de campanas. Entonces, cuando el cielo comienza a poblarse de nubes, sabes que es invierno y que las horas de la vida siguen.

González Alonso

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4 comentarios en “Paseo de febrero por Las Arenas (Vizcaya)

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