Roma

ROMA 2006

Pueden parecer muchos años desde aquella llegada a Roma en 2006. Y lo son. Pero no para el recuerdo y la sensación de haber pasado por una ciudad imprescindible para el viajero por muchas razones, tanto históricas como culturales.

El asunto es qué esperas encontrar en Roma y sus tres milenios de historia. ¿Cuáles fueron las primeras impresiones al encarar  sus posibilidades? Puedo asegurar que, en mi caso, fueron varias. La primera fue la de sentir que pisaba en sus calles estrechas flanqueadas por edificios decadentes, o en sus grandes avenidas de una grandeza desaliñada, otras ciudades familiares como Cádiz y más propiamente Barcelona y el ambiente de barrios como el Gótico. Pero esta sensación de ciudad vieja más que antigua se fue diluyendo en el color, la luz y la vida de sus gentes, el bullicio del comercio y los bares, el trajín de sus calles y plazas animadas de turistas.

La segunda impresión fue la de su impactante monumentalidad. Aunque, para imaginaciones como la mía, es imposible de imaginar la Roma que fue capital de un imperio y centro del mundo extendiéndose por todas las orillas del Mediterráneo hasta el punto de llamarlo con toda propiedad Mare Nostrum, no se puede negar el gran peso de la monumentalidad clásica en sus ruinas y conjuntos arqueológicos despuntando con sus muñones históricos aquí y allá como un gigantesco museo al aire libre encerrado en el perímetro de las murallas aurelianas que llegaron a contar con hasta dieciséis puertas. La otra monumentalidad es la renacentista y barroca con palacios, iglesias, fuentes, fuentes y fontanas desmesuradas que parecen, como la famosa fuente barroca de Trevi, metidas con calzador entre calles y plazuelas. No casan demasiado. Como un collar de diamantes purísimos en el cuello de una mujer que fue hermosa y a la que la edad ha ganado la batalla en el brillo y tersura de la piel. Sigue leyendo

Venecia hasta Murano, Burano y Lido

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Venecia

Del abrazo entre el río Po y el mar Adriático, nace la ciudad de Venecia. El amor del agua la sostiene, la misma pasión que la hunde hasta sumergirla en el sueño definitivo del tiempo. Pero aún, en medio de la luz resplandeciente de la bahía, la ciudad suspira enamorada.

¿Merece la pena visitar Venecia? La respuesta es que sí, sin dudarlo. Por encima del tumulto turístico y la impronta que marca, desvistiéndola de su estilo de vida centenario, banalizando el consumo de arte, dibujando lo artificioso de algunas costumbres, vale la pena caminar sus estrechas calles, atravesar sus puentes, navegar por sus canales. A fin de cuentas, ¿no sigue siendo Venecia lo que siempre fué, una ciudad comercial? Pues hoy día, el turismo no deja de ser una industria rentable y los venecianos, sustituyendo las caras mercancias de Oriente y el trasiego de la ruta de la seda por el turismo, atraen a su ciudad a gentes de todo el mundo; pero, sobre todo, a los asiáticos.

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El Gran Canal, arteria principal de la ciudad, es una sucesión asombrosa de palacios con el agua subiéndoles por los portales y las escaleras de mármol. Las fachadas resultan ser un alarde de belleza en la multiplicación de amplios ventanales con arcos renacentistas de medio punto y conopiales, columnas, bajorrelieves, mármoles, colores y hasta representaciones pictóricas completas de grandes dimensiones en todo su frente. La mayoría de ellos se han convertido en hoteles; otros, en museos; algunos otros parecen barcos a la deriva aparentemente dados al abandono; todos, se mezclan con iglesias que van jalonando las sinuosidades de esta deslumbrante vía acuática veneciana.

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Cerdeña, el corazón mediterráneo

Cerdeña, agosto de 2015

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Tal vez el mejor modo de llegar a una isla sea a través del mar para desembarcar en un puerto. Parece más natural y la isla más isla. Así, la actual isla italiana de Cerdeña se nos descubrió a través de Porto Torres y directamente nos dirigimos a Sássari, con sus pocos restos de lo que fue un soberbio castillo construido en 1330 por las tropas españolas de la corona aragonesa en el espacio que hoy ocupa una amplia y despejada plaza bien cerrada por edificios de austera belleza renacentista; esta plaza y sus alrededores conforman el casco histórico de esta ciudad a pocos kilómetros de la costa.

Tras un breve descanso acompañado de la comida de mediodía en uno de los restaurantes aledaños a la plaza, la ruta a Olbia, atravesando la isla de oeste a este por su parte norte, transcurre por una carretera aceptable, con muchos tramos en obras, curvas y la alternancia de montañas y valles de atractiva belleza. A la altura de Codrongianus se impone una parada para admirar la Basílica di Saccargia, al pie de la misma carretera, con su espectacular arquitectura de estilo románico toscano del S. XII, construida en basalto negro y piedra caliza, lo que le confiere un aire de originalidad en la disposición de los dos colores de la piedra en bandas horizontales. Su interior acoge unas hermosas representaciones pictóricas en forma de frescos. Luego, la llegada a Olbia, bien organizada alrededor de su puerto, para a continuación acceder a la colina en la que se emplaza el hotel Luna Lughente, en la carretera que conduce a Pitulongu y Golfo Aranci, y desde donde se divisa la bahía con la rocosa isla de Tavolara al frente.

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